Inicio
Enid y la Navidad
Todos nuestros libros en Navidad
18 de Diciembre de 2010
Hasta el 6 de Enero de 2011, los tres libros escritos por Óscar Parra (LOS CINCO Y EL SECRETO DE LA MONTAÑA, LOS CINCO EN LA ISLA MONASTERIO y UN SUSTO PARA LOS CINCO), estarán a disposición de todos los usuarios como regalo de Navidad.
Las tres obras están disponibles en la sección de descargas de la web.
En la fotografía, los actores que dieron vida a los Cinco en la serie de 1996, junto a Gillian Mary Pollock, la hija mayor de Enid Blyton, fallecida en Junio de 2007.

UN SUSTO PARA LOS CINCO: Nuevo libro.
16 de Diciembre de 2010
Publicamos el libro UN SUSTO PARA LOS CINCO. Se trata del tercer título escrito por Óscar Parra basado en los personajes creados por Enid Blyton. Escrito en una semana, tratando de emular a la escritora, UN SUSTO PARA LOS CINCO se desarrolla en época navideña por lo que es una agradable lectura para estas fechas.
La obra ha sido revisada y corregida por Gema G. Regal.
¡Esperamos que os guste tanto como LOS CINCO Y EL SECRETO DE LA MONTAÑA y LOS CINCO EN LA ISLA MONASTERIO!
UN SUSTO PARA LOS CINCO estará disponible para todos los usuarios hasta el seis de Enero de 2011, durante las Navidades pasadas las cuales, para descargar el libro, deberás ser usuario registrado de la web.
El libro puedes encontrarlo en el área de descargas.
Sin más dilación os dejamos con Julián, Dick, Ana, Jorge y Tim en UN SUSTO PARA LOS CINCO.
Al hilo de la publicación del libro estamos realizando una encuesta que podéis ver en el margen izquierdo de la pantalla.
¿Cuál de los dos libros os ha gustado más? LOS CINCO Y EL SECRETO DE LA MONTAÑA o LOS CINCO EN LA ISLA MONASTERIO.

UN SUSTO PARA LOS CINCO: Capítulo I
Este es el primer capítulo del libro UN SUSTO PARA LOS CINCO, escrito por Óscar Parra para www.enidblyton.es
Para descargarte el libro completo debes ser usuario registrado de la web.
Capítulo Primero
NAVIDADES EN GALES
— ¡Lo vamos a pasar bárbaro! Verdaderamente ha sido una idea aplastante ir a pasar las Navidades a Gales, ¿no os parece? —dijo Dick, sentado en el asiento trasero del coche de sus padres.
Julián, su hermano mayor, asintió mientras disfrutaba del nevado paisaje de montaña por el que discurría el automóvil en esos momentos.
—Tío Quintín le dijo a mamá que Jorge y Tim llegarían hoy por la mañana, así que ya deben estar allí —apuntó Ana, la hermana menor de Julián y Dick.
Tim era el querido perro de Jorge, el animal tenía una cola extremadamente larga que rara vez dejaba de mover. Jorge le había encontrado cuando era un cachorro, perdido en los páramos que se extendían durante millas alrededor de Kirrin.
—Papá, ¿cuánto tiempo vamos a estar en las montañas? —preguntó Julián.
—Diez días, Julián. Mamá y yo solamente podremos acompañaros hoy, mañana regresamos a Londres —explicó el padre de los chicos—. Lamentablemente, este año no estaremos juntos en Navidad. Tengo asuntos que atender en España y mamá ha decidido venirse conmigo.
— ¡Oh, pero eso es terrible! —exclamó Ana—. ¿No hay ninguna posibilidad de que estéis aquí en Navidad?
—No seas tonta —intervino Dick—. Navidad es dentro de cinco días. No os preocupéis, nos arreglaremos bien.
—No lo dudo —repuso su madre, sonriente—. Os escribiremos tan pronto nos sea posible. Y tú no pongas esa cara, Ana, te prometo que celebraremos el Año Nuevo por todo lo alto.
— ¡Bah! No se lo tengas en cuenta, mamá —dijo Julián—. En realidad está encantada de pasar estos días con nosotros y con Jorge y el viejo Tim. ¿No es así, Ana?
Ana asintió con una sonrisa.
— ¿Cuánto queda? —inquirió Dick, mirando de nuevo por la ventanilla del vehículo.
—Un par de horas, no creo que más —contestó el señor Kirrin sin apartar la vista de la estrecha carretera por la que en esos momentos circulaban.
Verdaderamente el paisaje que discurría a ambos lados de la misma era maravilloso. Un manto nevado, únicamente salpicado por enormes bosques de pinos, cubría el suelo. A lo lejos, en la ladera de las imponentes montañas galesas, se vislumbraban pequeñas casitas de cuyas chimeneas emergía un humo grisáceo.
— ¿Cómo es la casa a la que vamos? —preguntó Dick de nuevo.
—Según me dijo la señora Peterson, se trata de una cabaña en mitad de la montaña. Tenéis trineos, leña y una despensa recién abastecida para que no os falte de nada —explicó la madre de los chicos—. Eso sí, Ana tendrá que ocuparse de la cocina, porque vosotros y Jorge seríais capaces de estar sin comer un plato caliente todos estos días.
— ¡Claro que sí! —exclamó Ana, encantada ante la perspectiva de hacerse cargo de toda una casa —. Prepararé caldos calentitos y esa empanada de tocino que me has enseñado a hacer, mamá.
— ¡Y huevos pasados por agua con beicon y tomates en conserva! —apuntó Dick, que se sentía especialmente contento ante la perspectiva.
Todos rieron con ganas las palabras de Dick. Ciertamente, reinaba un ambiente de contento generalizado.
El sol comenzó a ocultarse tras las montañas dando lugar a un espectáculo único. La luz crepuscular tiñó la blanca nieve de un tono rosado, que contrastaba con los anaranjados reflejos del sol en el horizonte. En unos minutos, éste se escondió y la oscuridad se cernió sobre el paisaje.
— ¡Mirad, está nevando! —gritó Ana emocionada, haciendo dar un respingo a sus dos hermanos, que se habían quedado adormilados—. ¡Oh, esto es precioso! ¿Verdad?
Efectivamente, habían comenzado a caer gruesos copos de nieve que dificultaban un poco más la circulación. El señor Kirrin encendió las potentes luces del vehículo, pues apenas se distinguía ya la carretera a causa de la copiosa nevada.
—Gracias a Dios que estamos a media hora del destino. A pesar de su belleza, no es bueno circular con semejante nevada —expresó el hombre, más atento que nunca a la conducción.
Ahora el coche iniciaba el descenso por una carretera de montaña repleta de curvas. La temperatura en el exterior debía ser extremadamente baja pero, afortunadamente, el vehículo contaba con una excelente calefacción, lo que hizo que los chicos y la madre de los mismos terminasen por dormirse.
Veinte minutos más tarde, por fin, el coche se detuvo, provocando que todos se despertasen casi al mismo tiempo.
— ¡Fin del trayecto, familia Kirrin! —exclamó el padre, ufano y contento de haber podido llegar sin contratiempos a aquel solitario paraje.
Los chicos gritaron alborozados. ¡Por fin habían llegado!
El señor Kirrin estacionó su vehículo en la puerta del cobertizo, junto a otro coche de color oscuro cuyo techo y parabrisas estaban ya totalmente cubiertos por la nieve.
El sito era realmente encantador. Se encontraban en mitad de la montaña. Una cabaña de madera con una ventana a cada lado de la puerta y en cuyo negro tejado sobresalía una diminuta chimenea de la que emergía una grisácea columna de humo. Junto a la cabaña se apreciaba un cobertizo que debía hacer las veces de trastero o de almacén.
— ¡Huele a leña, a hoguera! —exclamó Dick, aspirando con fuerza nada más bajarse del coche.
— ¡Ponte la bufanda inmediatamente! —le reprendió su madre.
— ¡Guau! ¡Guau! —ladró Tim desde el interior de la casita.
Al momento vieron la cabeza de Jorge asomándose por una de las ventanas. ¡Cómo se le iluminó el rostro a la muchacha al ver a sus queridos primos!
Jorge salió de la casa como una exhalación seguida por Tim, que no paraba de ladrar y lamer a todo el mundo.
— ¡Al fin habéis llegado! —chilló abrazando a sus primos, henchida de alegría.
Jorge sentía un gran respeto por Julián, el mayor de ellos, un chico alto de pelo rubio y ojos chispeantes. El siguiente era Dick, quién tenía más o menos la edad de Jorge mientras que la rubia Ana, la hermana pequeña de los dos muchachos, era la más joven del grupo.
—Bueno, bueno, pasemos dentro —convino el señor Kirrin—. ¿Habéis llegado hace mucho, Jorge?
—Así es, tío. Mamá está preparando las camas y papá leyendo uno de esos libros ininteligibles para personas inteligentes.
El hombre rió con ganas mientras todos entraban ya en la casa.
El interior era muy acogedor. Una única sala en la que destacaba la gran chimenea, en cuyo hogar se consumía un imponente montón de leña de pino que mantenía la habitación caliente, servía de salón y dormitorio al mismo tiempo. En mitad del mismo se encontraba una recia mesa circundada por ocho sillas. Sobre ella, una lámpara de petróleo iluminaba la estancia, dándole un aspecto aún más acogedor.
Todos los muros y el techo estaban recubiertos por gruesos paneles de madera. En la pared donde se encontraba la puerta también se abrían dos ventanas desde las que podía apreciarse que la nevada arreciaba en el exterior. Asimismo, colgados de sendos clavos, había otras dos lámparas de petróleo ya que, evidentemente, la luz eléctrica no llegaba hasta allí. Al igual que las paredes, el suelo de la sala estaba recubierto de madera, pero ésta había sido pulida, lo que le confería una suavidad extraordinaria.
En otra de las paredes había una portezuela que conducía a la despensa y, junto a ella, un gran armario que servía para guardar los utensilios de la casa.
— ¡Es encantador! —dijo Ana, mirando a todas partes con emoción— ¡Cocinaré en la lumbre como lo hacía la abuela!
Los chicos saludaron a tía Fanny a tío Quintín, que se encontraba enfrascado en un grueso libro lleno de fórmulas y números, sentado en una silla junto a la chimenea.
—Estoy preparando las camas junto a las ventanas. Así podrán ver las estrellas cuando se acuesten —explicó tía Fanny a la madre de Julián, Dick y Ana.
—Sí, es el mejor sitio. No conviene que estén demasiado cerca de la chimenea, podría saltar alguna chispa y ocurrir un accidente —aseguró la mujer—. Ahora que me fijo, solamente hay sitio para cuatro personas y la noche está horrorosa para regresar a Londres. ¿Qué haremos?
|
|
—No te preocupes, está todo previsto. Nosotros hemos venido por el otro lado de la montaña. A unos cuatro kilómetros de aquí está la Granja Coch, en la que hemos reservado dos habitaciones para pasar la noche los cuatro —contestó tía Fanny, terminando de hacer las camas.
Mientras tanto, los chicos habían estado contándose las anécdotas y sucesos acaecidos durante el primer trimestre escolar.
Dick relató cómo John Evans, su compañero de habitación, guardaba el dinero en un calcetín. Una mañana el pobre Dick se despertó asustado por los gritos de Evans. ¡Alguien había echado a lavar el calcetín! ¡Verdaderamente, no era para menos!
—Bien, chicos. Nosotros nos marchamos —informó el padre de Julián—. Vamos, vamos, no es necesario que finjáis, quitad esas caras de tristeza. En realidad estáis deseando quedaros solos, me consta que os apañáis de maravilla.
Julián intervino, sonriente y hablando de ese modo que tanto gustaba a los adultos.
—En realidad preferiríamos que os quedaseis, dado que sigue nevando y no parece que vaya a parar en unas horas —dijo el muchacho, mirando a través de los visillos de una de las ventanas—. Pero no puedo negar que nos encanta estar solos, los cinco.
Minutos después, los dos automóviles arrancaban y se dirigían por la estrecha carretera hacia el otro lado de la montaña, a la Granja Coch.
— ¿No os parece estupendo estar de nuevo juntos? —dijo Jorge, emocionada con la idea de encontrarse los cinco reunidos y de vacaciones.
—Sí. Además, este sitio es increíble —convino Dick—. He visto dos trineos en el armario. ¡Lo vamos a pasar de maravilla!
— ¡Guau! —ladró Tim, como queriendo decir: “un momento, ¿y yo no tengo trineo?”.
—Tú vendrás corriendo junto a nosotros, querido Tim —dijo Ana, acariciando la peluda cabeza del animal.
Julián examinó la despensa y concluyó que había comida suficiente para todos los días.
—Bueno, siempre que Dick lo permita, claro está —añadió.
— ¡Rayos! Parece que aquí sólo coma yo —se quejó Dick—. Tú y Jorge coméis tanto como yo.
—Sí, entre los dos —apuntó Jorge, burlonamente.
Al punto, Dick le lanzó una almohada a su prima, pero la muchacha la esquivó hábilmente y le hizo una mueca.
—Voy a preparar un tentempié antes de irnos a la cama —mencionó Ana, al tiempo que luchaba por reprimir un bostezo.
Ana sacó varios tarros y paquetes de la despensa y, poco después, los cuatro chicos se sentaron alrededor de la mesa con la vieja lámpara de petróleo alumbrándoles.
Queso, jamón dulce, empanada de tocino hecha por Ana en Londres y una sabrosa tarta de manzana de postre colmaron el apetito de los chicos y de Tim, al que le iban dando pedacitos de comida.
—No puedo más. Creo que me vendría bien un paseo antes de irme a la cama —dijo Dick, tocándose la tripa—. ¿Alguien viene?
— ¿Estás loco? —chilló Ana, espantada con semejante idea.
—Estaba bromeando, no te preocupes —contestó Dick, sonriendo.
— ¿Qué os parece si mañana hacemos unos bocadillos y pasamos la mañana explorando los alrededores? —propuso Jorge.
—Creo que es una buena idea —convino Julián—. Ahora debemos irnos a la cama, el viaje ha sido muy largo y mañana debemos estar frescos.
—Dejamos la chimenea encendida, ¿verdad? —preguntó Ana.
—Sí, aún tardará un par de horas en terminar de consumirse la leña. Así dormiremos calientes.
Poco después, todos estaban metidos en sus respectivas camas. Arrebujados bajo las cálidas mantas, no tardaron en dormirse. Tim se tumbó junto a la chimenea, pero no tardó en subirse a la cama de Jorge.
¡Las vacaciones de Navidad no podían comenzar mejor!
Un reto muy blytoniano.
La vida de Enid Blyton se sustentó sobre dos pilares: El éxito literario y la extensa rumorología que nuestra querida autora desataba.
26 de Noviembre de 2010
La vida de Enid Blyton se sustentó sobre dos pilares: El éxito literario y la extensa rumorología que nuestra querida autora desataba.
Uno de aquellos rumores ha perdurado hasta nuestros días: Se dice que Enid Blyton era capaz de escribir entre ocho y diez mil palabras en un día. Lo que, trasladado a nuestro mundo hipertecnológico se traduce en unas quince o diecinueve páginas de Word con tipo de letra Verdana y tamaño diez.
Diecinueve páginas de Word; un libro de los Cinco en una semana.

El año pasado, el miembro de la Sociedad Blyton y escritor de libros de continuación, Trevor J. Bolton, autor del libro de continuación de la serie "Secreto", "El valle secreto" (publicado en 2009) y de Five Return to Kirrin Island (Los Cinco vuelven a la Isla de Kirrin), escrito en 2007 y disponible para su descarga para miembros acreditados de la Enid Blyton Society, se propuso escribir, algún día, un libro en una semana, tratando de emular a nuestra Enid.
Me consta que el bueno de Trevor aún no lo ha intentado pero también sé que lo hará.
(Para leer el resto del artículo, haz click sobre las palabras leer más, a la derecha de este texto) ->
Más Artículos...
- LOS CINCO EN LA ISLA MONASTERIO: Libro completo.
- Los Cinco en la Isla Monasterio: Capítulo XVI
- Los Cinco en la Isla Monasterio: Capítulos XIV y XV
- Los Cinco en la Isla Monasterio: Capítulo XIII
- Resultados Votaciones
- La serie de los Cinco de 1978.
- Los Cinco y el tesoro de la isla.
- ¡Regresamos!
- Cumplimos un año
- Capítulo XIII: Los Cinco en la Isla Monasterio


